jueves, 13 de marzo de 2014

Comunicación e Incomunicación



Hace diez años exactamente andaba yo copiando contenidos de un libro de informática.
Historia de Internet para lerdos, o algo parecido.
Andaba hasta las cejas, a ciegas y sin red, con mi trabajo de final de carrera.
"Comunicación e Incomunicación. Análisis sociocognitivo de la adaptación a Internet del ciudadano en la Sociedad de la Información". O algo así. Nadie ha podido leérselo del tirón y entenderlo.

Yo solo lanzaba una idea, con apenas un par o dos de autores entre manos: Nicholas Negroponte y su manida y pomposa biblia y Manuel Castells y su trilogía la era de la información y su acercamiento la "Galaxia Internet". Muy recomendables todavía a día de hoy estos últimos, por cierto.

Y todo porque estaba pasando por un desengaño amoroso. Y quise vengarme. Diez años después lo reconozco aquí y ahora. Yo no había tenido acceso a internet hasta que llegué a la universidad. Nunca supe nada del IRC ni casi del messenger. Pero quería culpar a alguien. Y me propuse señalar con el dedo al objeto de mi ignominia por ser del tipo de entes que, por aquel entonces, gozaban de banda ancha y disfrutaban luciendo su palabrería en las madrugadas de aquella protored social.

Esa fue mi excusa. Mi teoría era la siguiente: aquellos que no son capaces de construirse una entidad e identidad firmes y fuertes en su circulo definido por el tiempo y el espacio, en su clan social, pueden construirse una más acorde a sus deseos ocultos por el anonimato y el omnipoder que el espacio virtual ofrece. Era una crítica. Una campaña de Coca Cola de aquellos días me brindó la idea: "Sé quién quieras, consigue lo que quieras". Ya no recuerdo ni qué ofrecía aquella campaña. Pero hacía referencia a ese poder que otorga la red si no eres capaz de "conseguir lo que quieres" siendo quien ya "eres". Y yo quería probar que ese recién nacido universo podía ser un sustituto viciado creado por una personalidad débil. Obviamente estaba muy lejos del actual devenir de los acontecimientos. Facebook no existía. Ni siquiera Fotolog. Twitter acababa de nacer. No había blogs, solo bitácoras. Me abrí una cuenta en todo lo que pude. Mis primeras cuentas de correo estaban en terra, iespana y geocities. Con eso lo digo todo.
Cuando entré en twitter eramos, literalmente, cuatro monos. Me da vértigo acordarme de eso, francamente. Pero yo no estaba a la altura. En aquella época yo estaba muy lejos de alcanzar el nivel de internauta aquel despiadado ente del que quería vengarme o de tantos otros que utilizaban las redes de forma habitual y normal. Solo era un trabajo de final de curso y solo quería mi venganza particular. No me importaba el punto de vista melodramático de mi idea. Pensé que, al tratarse de una universidad católica la mía, de un tribunal de corte conservador y temeroso, tratar de "estigmatizar" el uso de internet me daría puntos. Y así fue. Me importaba poco y confieso que estaba en desacuerdo con mis propias teorías.

Me quedé sin tutor justo al empezar. Para cuando me asignaron otro, ya no podía volverme atrás. Y el tutor que me fue asignado no pudo ayudarme demasiado. Su campo era la política internacional. Solo me corregía el estilo. Me había lanzado sola y de cabeza a algo que no conocía y me agarré a las teorias de la comunicación, la definición de la identidad y a lanzar una cuerda hacia un futuro en el que, según mi teoría, el mismo test utilizado en psicología que mide la adicción a la cocaína podía utilizarse para medir la adicción a internet. No podía ser más apocalíptico ni podía estar menos de acuerdo. A pesar de tener algo de verdad.

Pero no lo sabía. Entonces.
Medio trabajo eran conceptos de informática y sociología regurgitados de otros libros, el otro medio, encuestas y demás basura metodológica. Apenas 40 páginas de 400 eran lo que sustentaba aquella idea. Que no era otra que el nuevo universo virtual donde cada uno podría redefinirse para encontrar un hueco más amable que el que la realidad le había brindado. Mi teoría defendía que, si bien eran los menos, habría quienes no podrían escapar al prisma brillante y prometedor de una realidad alternativa donde podían ser más altos, más guapos y más interesantes. Más y mejor aceptados. Y que ese universo virtual diluiría la personalidad real, necesaria para la integración social dentro de los aspectos sociológicamente entendidos como el espacio -una región, un lugar, una comunidad- y el tiempo -de día o de noche, ayer, hoy, mañana-.

Hoy tengo más cuentas de correo qué dedos de las manos. He perdido la cuenta de cuántos perfiles tengo en cuántas redes sociales, algunas ya extintas, otras recién nacidas, de cuántos blogs han nacido, vivido y muerto bajo mi mano, cuántas personalidades he tenido -afortunadamente, la original, la que dio vida a mi yo virtual sigue ahí, Duckland, por cuestión de sentimentalismo y un guiño a un viejo amigo- y cuántas más puedo llegar a tener. Sigo sin entender el sentido completo de mi propio subtítulo, "analisis sociocognitivo", pero lo de "Comunicación e Incomunicación" viene de mucho más lejos, de cuando, al leer en clase de literatura "El Túnel", de Ernesto Sábato, el profesor me lo lanzó a la cara, junto con el cuchillo que habría de ser usado para cortar el hilo lo que yo había sido hasta ese momento, y entonces nació Duckland. Comunicación e Incomunicación.
En el fondo soy una masoquista. Al final alguien llevará razón; no puedo ser feliz, me aburro con la simplicidad de la felicidad. 

"La vida real no es más que otra ventana, y no necesariamente la mejor" Sherry Turkey, 1994

miércoles, 5 de marzo de 2014

Ejercicio de autoafirmación. Análisis sociocognitivo autoperceptual del individuo conocido bajo los pseudónimos "Duckland" o "Senorita Estropajo" bajo el prisma errático de supervisión ajena.




Me gusta llevar botas con hebillas o cadenas, de tacón grueso, para andar simulando que llevo espuelas.

He hecho, hago y haré lo imposible por los hombres de mi vida, siendo algunos de ellos personajes de ficción. Uno de ellos incluso invención mía.

Amo al Superman de Christopher Reeve. Es uno de mis primeros recuerdos. Una vez me salvó la vida. Nunca contaré cómo, pero es tan cierto como que sigo viva.

A los 16 años sabía lo que era, lo que iba a ser y lo que quería hacer mucho mejor que ahora que tengo el doble de edad.

Odio a los cantautores por la única razón por la que una vez me gustaron.

Odio y amo profundamente. Sin término medio. Pero podría hacer que amaras algo que odias a base de defenderte toda la gama de terminos medios entre el amor y el odio. Soy una excelente abogada del diablo.

Amo con pasión los procesos teóricos de la comunicación humana pero detesto hasta la muerte tener que ponerlos en práctica.

Tomo ansiolíticos desde hace siete años. A veces mezclados con otras sustancias depresoras y/o estimulantes. Nunca se han convertido en una adicción.

Mi cuerpo responde muy bien a los castigos químicos, mi mente responde incluso mejor.

Soy adicta a ciertos vicios mentales que no puedo definir más que como "revelaciones": situaciones donde el tiempo se detiende y el detonante de esta situación me "ilumina".
Una vez pasado ese momento, haré todo lo posible por ver hacia dónde me lleva esa revelación. Siempre me llevan a alguna parte. Cuando estoy inmersa en este proceso de búsqueda me transformo en un monstruo emocionalmente incontrolable pudiendo llegar a ser mortalmente cansina. Y no me daré cuenta.

Aunque nunca he sido diagnosticada más que de asma y ansiedad, tengo razones para pensar que tengo algún tipo de malsana fijación obsesiva, cierta bipolaridad y alguna clase de protoautismo leve. Nunca sé exactamente como reaccionar ante las noticias ajenas y siempre temo que se malinterprete mi exceso o defecto de empatía con hipocresía. Esto no es generalizado, diré a mi favor.

Años de estudio, entrenamiento y cierto talento interpretativo hacen de mi un ejemplar deseable como conversador ilustrado.

Tengo alma de dragqueen, de camionero, de actriz y de espía.

Tengo un hermano ocho años menor que yo y mentalmente más maduro que yo alrededor de unos cientocincuenta años.

Es enfermiza la cantidad de veces que en mi cabeza me imagino viviendo sin la gran mayoría de los seres humanos.

Hago mi propio pan hace varios años. Algunas veces también lo compro.

Mi naturaleza no es la de ser un ser humano, soy un perro. Mi cuerpo y mi mente tienden a hacerme olvidar las nociones básicas que definen a los hombres como la vida en sociedad, el protocolo, los horarios, la organización, el orden o la orientación sexual. Pese a eso, finjo bastante bien.

Podría afirmar que soy pansexual pero actualmente prefiero denominarme como "mentalsexual" (me lo acabo de inventar. "Brainy is Sexy").

Defiendo el derecho a ser asexual. No me cae bien la gente que no respeta las tendencias sexuales de otra persona por el mero hecho de no comprenderlas. Detesto la tendencia actual a sexualizar todo lo existente sobre la faz de la tierra.

Puedo recordar un episodio concreto de los 202 que tiene Expediente X con ver un solo plano. Todavía no me pasa con Sherlock, pese a que esta serie solo tiene 9 episodios.

En mi lista de quehaceres vitales figura abofetear a Chris Carter y a Steven Moffat.

Tengo ciertas manías relacionadas con los espacios llenos de gente. Se ha dicho de mi que se pueden escuchar los engranajes encasquillados de mi cabeza cuando se da esta situación.

Tengo un palacio mental. Actualmente en contrucción. Una de las habitaciones es mi dormitorio de cuando era niña. Y en algún rincón hay un butacón antiguo color vino en el que se sienta un personaje de ficción que suele gastarme bromas macabras sin previo aviso.

Si me dieran la opción de charlar durante una hora con alguien, probablemente pensaría primero en actores y otros miembros de mi corazoncito fandom pero acabaría decántandome por Michio Kaku para hablar sobre mecánica cuántica y la probabilidad de los viajes en el tiempo.

Si pudiera viajar en el tiempo para ver o ser algo en concreto, querría ser uno de los ayudantes de Miguel Angel en la Capilla Sixtina.

He dejado enterrados trozos de mi alma en Quebec, Rio de Janeiro, Florencia, Roma y Wellington. Espero poder volver a recogerlos algún día.

Tengo mongolismo matemático. No he conocido a nadie más malo que yo en cuestión de números. Tampoco he conocido a nadie más despistado. A veces olvido cómo andar o respirar.

Hecho de menos a mis gatos. A Natillas la que más. ¿Qué estará haciendo ahora?
Hecho de menos a los pocos amigos que tengo, incluídos los virtuales. Todos muy lejos de mi ahora. ¿Qué estarán haciéndo ahora?

Suelo escuchar ciertas canciones de forma indefinida para crear un recuerdo permanente entorno a ellas. Así, pasados los años y al volver a escucharlas, recuerdo qué hacía, qué sentía, dónde estaba y porqué necesitaba escucharla una y otra vez. Es pura mnemotecnia.

Tengo la sensación de que ayer escribía mucho mejor que hoy. Esa sensación que se repite día tras día.

Y ya.


                                    

martes, 25 de febrero de 2014

The Fall





Tu boca entreabierta, es lo primero que veo.
Tus ojos me traspasan desde tu lado del precipicio.
Pero no me ven.
Ya no queda nada.
Has arrasado con todo a tu paso, dejando tras de ti luz y fuego y polvo.
Calor, frio. Ya te percibo.
Tu esencia, predada en volutas, desciende hasta nuestras cabezas.
Ahora te veo.
Tu aún no me ves pero nunca has dejado de mirarme.
Con esos tus ojos, misericordiosos.
Y entre la niebla y el ruido mi boca se tuerce, sonrio, parece.
Porque te miro desde mi lado del precipicio.
Porque te veo caer, igual que tu me has visto caer.
Pero, ¿te fijaste?
Estas muy lejos ahora, tu rostro palpita, tu pecho brama.
Tus ojos nunca me pierden de vista.
Y caes. Caes tan lentamente que apenas me da tiempo a seguirte.
Pero si a recogerte.
Aquí estas.
Hola amor.
¿Me ves ya?
Hola amor.
Siempre.

jueves, 20 de febrero de 2014

My one and only thrill - Melody Gardot




Mis propias armas contra mi.
Ideas, susurros, sombras. Y luego nada.



Lo que te envuelve es el resto del universo, el resto de la existencia que no eres tu.
Es lo único que tengo para definirte, la entera creación.
Y ni así sé cómo.


No soy guía, ni mártir.
No soy un alma gemela ni alto en el camino.
No te serviré de ejemplo.
No te detendré en tu caída.
Pero caeré contigo. Andaré contigo. Aprenderé contigo.
Eso es lo que soy, un compañero en tu camino.
Como tu, ni mejor ni peor.
Soy un soldado de tu ejercito.
No confíes tu vida en mi porque yo no puedo apenas sostener la mía.
Eso es lo que soy.
Y tu cambiarás de piel y de voz.
Y yo seguiré ahí, esperando por ti,
aunque nunca deje de andar mi propio camino.
Pero seguiré estando a tu lado.
Eso es lo que soy.


He cruzado el infierno tres veces.
La primera, escapando.
La segunda, por haberlo hecho.
La tercera, porque lo echaba de menos.
Maldito sea por la falta que me hace.


Envuelta en cientos de capas de dócil humanidad,
educado porte servil, haré tu vida más fácil.
Te daré mi sangre, mi alma y todo aquello que me defina a tus ojos.
Te lo daré sin protesta ni desaliento.
No habrá pago ni se esperará recompensa.
No tendrás que hacer nada a cambio.
No sonrías, satisfecho por tu presa, no soy generosa.
Te daré todo, y eso incluye la mejor parte.
La parte de mi descarnado vientre capaz de matarte.
La parte de mi arrasado corazón capaz de partirte en dos.
La parte de mi extenuado aliento capaz de hacerte saber que me tienes al completo.
Y que eso, amor mio, es lo peor a lo que te vas a enfrentar jamás.


Muros tan altos como mis pobres anhelos, mermados y descarnados por el tiempo.
Muros que no dejan ver más allá.
Muros que son consuelo, porque más allá, no hay nada.
Solo tierra gris embebida de vieja sangre, ramas muertas, viento helado.
Pobre consuelo.


Hace siglos que te busco, vidas que te sueño, etéreo, casi una mentira contada sin piedad. Nunca fuiste. Nunca serás. Y aún así, dedicaré mi vida a buscarte.
Pero duele tanto, dios, duele tanto. Saberte cerca y no saber dónde mirar.
Apenas una sombra tras la pupila, y luego, nada.
Duele tanto encontrar luz en unos ojos que no veré jamás, encontrar caminos persiguiendo una voz que no es sino la mía propia por saber no podértela dar.
Y darte forma con otras formas, sombras de la caverna. Y te persigo y te busco y ando por el mundo sin cuestionarme siquiera el porqué. Solo voy tras de ti, porque sé que estas ahí aunque no pueda usar palabra alguna para llamarte, para dibujarte, para saber qué o quién eres. Pero estas ahí. Y llevo media vida definiendo el universo porque, al final, encontraré lo que no puede ser nombrado y que si, serás tu.
Y te reirás de mi, satisfecho e infantil, despreocupado.
Para ti siempre ha sido un juego. Siempre jugando a mi alrededor, dejándome enrevesadas notas al pié de pagina de mi alma. Una vez, un perfume distinto en una habitación llena de gente. Una nota musical que no estaba dónde debía, un color imposible en unos ojos que no son los tuyos pero que te contienen. Dios si lo hacen!
Y así te persigo, vida tras vida, mientras tu juegas conmigo, mientras pierdo mi aliento, desesperada, rota, mis manos vacías, hundida la cabeza, mientras te busco hasta que llegue el final.


Mis armas contra mi.
Maldito seas por cuánto te extraño.
Maldito seas por todas mis vidas, pasadas y futuras.


jueves, 23 de enero de 2014

Whiskey Breakfast



Estas jodido, Joshua. Acabado, derrotado, sin un céntimo y ni siquiera este puñetero whiskey irlandés te va a reconfortar una mierda. Maldita sea ella y el mar que se la tragó. Después de toda la mierda que he tenido que pasar, tengo que cargar con ella. Joder.
Absorto en si mismo, hundidos los hombros de la vieja chaqueta parduzca, el inglés parecía formar parte del mobiliario del pub del hotel. El curtido barman no le quitaba ojo, a un par de metros, mientras limpiaba aparentemente despreocupado unos cuantos vasos. Despegó la vista del inglés para ver al recepcionista acercarse al mueble humano del final de la barra.

-Disculpe, ¿Señor Dourgall?
-Duncan, Josh Duncan.- Masculló sin apartar los ojos del fondo del vaso.
-Señor Duncan, tiene una llamada al teléfono de recepción. Si es tan amable... - El recepcionista, alto y amanerado, mal agazapado entre sus modales, le señalaba la puerta que daba al vestíbulo.
-¿Quién es?
-Dijo ser la Señorita Carrick.
Duncan volvió despacio, arqueando una ceja y mirando atónito hacia el infinito a través del persojanillo del chaqué.
-No me jodas...

Os presento a Josh Duncan.
Duncan es un apellido escocés. Este caballero se me descubrió entre los muros de un viejo edificio, en un callejón mohoso poco transitado de Belfast. Apenas nos conocemos.
Tiene ojos fríos, grises. A veces azules o verdes, no estoy segura todavía. Pequeños.
Su rostro es afilado, desgarbado. Mitad inglés mitad escocés hasta donde él mismo cree saber. Esa mezcla de genes aparentemente estable se me revuelve más de lo que a él parece gustarle admitir.
Me susurra entre esquina y esquina. Me habla de viejos nombres olvidados. Me cuenta de sitios alrededor del mundo, no solo de la vieja Inglaterra, Escocia o la verde y obcecada Irlanda. Y me canta canciones en idiomas y dialectos extraños. Y con muchos tacos, todo sea dicho.

Espero que Josh tenga mucho que contarme porque empiezo a amar a esta tierra a través de sus fríos y grises ojos, a través de él. Aunque él apenas haya empezado a existir.


jueves, 21 de noviembre de 2013

Libros de Historia



El español es un hombre fuerte. Tiene valor, arrojo, picardía y si, también es descreído, estoico, cínico, vividor y arrogante. Y así se muestra cuando sale fuera, cuando sabe que su camino está dónde tiene los pies; no en sendas marcadas ni veredas de beatas de pueblo. El español es un pueblo que no se adapta fácilmente, aunque se deje avasallar y doblegar, da igual cuántas eras pasen, por otros españoles. Sus razones tendrán, seguro que son más listos o han estudiado más, suele pensar el español, que también tiene un gran sentido de la culpabilidad, fruto de centurias de exclavitud moral y eclesiástica.Y así el pueblo español se acomoda a la pérdida y al vasallaje, a no poder mirar a los ojos del señorito bajo pena de mil latigazos y la muerte del primogénito, que si es hembra, ni se contempla la piedad de la muerte sin más.

Pero no, no es medieval del periodo del que hablo, aquel periodo que se sucedía entre castillos y dragones y princesas, como decía una profesora mía de Historia, moldeada su cabecita en pleno seno católico. Hablo de mis abuelos, del que se fue ya y tenia la desgracia de haber engendrado tres hijas y ningún varón, el que debía pleitesía al señorito. También hablo de mi otro abuelo, el que todavía camina la tierra y se llevó a mi abuela con 2 pesetas en la solapa del sombrero para ser libre de casarse con ella y no trabajar mas que para sí mismo, al otro lado de la sierra.

Hoy, lustros después, me veo al otro lado de la sierra, mi marido y sus dos pesetas son mi única compañía. Hemos tenido que huir del señorito y su moral, del exclavismo y la culpa, de la desgracia de ser españoles de mediana ralea, de esos que ya no quedan atrás, al lado de la sierra donde tuvimos que dejar a hermanos y padres, a amigos y amores, a tumbas sin flores.

Me abro las venas esta fría mañana de invierno y calculo la velocidad de mi sangre, el tiempo que llevo parada en el cruce de caminos, preguntándome porqué me engañaron nada más nacer. Porqué soy la española que ha huido para buscar un camino propio si todavía veo culpa y temor, droga y sarmientos en mis venas y no puedo andar.
Cuando era joven, vidas atrás, me preguntaba qué haría yo, si saldría en los libros de historia y qué talentos tendría para poder hacerme grande, libre y valiente, para ser una persona primero, luego otras cosas: mujer, esposa, hija, española, lorquina... Pero ya sabéis cómo es esto, los libros de historia siempre los escriben los mismos y yo no iba a ser un escriba. Y acabas vendiendo tu pensamiento propio y todo lo que un gran hombre puede ser y te amoldas. Amoldarse. Odiosa idea en sí misma.

Desde este lado de la sierra, lejos, en el frío de tierras que me siguen resultando hostiles y grises, por muy verdes que sean sus pastos y muy amables que sean sus sonrisas, me enfurezco y entristezco. Vestigios del pobre vasallo español siguen en mi sangre: auto compasión, pobreza de cuerpo y espíritu, culpabilidad, cobardía. Sierpes que me paralizan y me desgarran el pecho para alimentarme de mi propia hiel, para empozoñarme el cerebro y el corazón de amargura y pena. Para no ser capaz de mirar más allá de mis propias y detestables lágrimas de cobarde. Extraño y envidio a quienes se quedaron para seguir luchando por una tierra que es nuestra, estemos dónde estemos. No poder abrazar a un hermano, no poder reír junto a un padre, no poder estar cuando alguien se está marchando y no volverá. Todo eso me han quitado. A mi, y a mi esposo, más valiente que yo, batallador por los dos, que porta con sus propias penas y también con las mías.

Los otros españoles que también he dejado atrás, esos señoritos de moral intachable que recitan pregarias por las noches para exculpar su delito fratricida, esos que se refugian en palabras como Democracia, Estado, Libertad o Polis, esos, esos son la desgracia de la tierra. Los ha habido siempre y siempre estarán ahí. Son los que escriben los libros de Historia y también los que nos condenan y obligan a los demás a dos caminos posibles, el exilio o la servidumbre. El silencio y la pérdida en ambos casos. Palabras, palabras y más palabras.

Me engañaron y estafaron. Me prometieron que si me portaba bien y hacía las cosas como se deben hacer, como las hacen los hombres de bien, todo iría bien, sería una gran persona y tendría futuro. Apenas un cuarto de siglo, un tercio de vida, para aprender la gran mentira. Que solo hay dos clases y yo no estoy en la de los vencedores. Que aunque he podido escapar al otro lado de la sierra, me inyectaron el virus de la servidumbre y la pobreza de espíritu y que soy cobarde.

"¿Es cara la democracia?", leo en un titular. Divago, me arrepiento de mis pecados y golpeo algo hasta romperlo o hasta que me sangran las manos. Huí de sus garras no una vez, ni dos, sino tres. Toda la vida huyendo. Así de cara es.

Ya sé que no tendré una vida como la que me pintaban estos señoritos cuando era pequeña. No saldré en los libros de Historia ni seré nadie importante. Tampoco tendré ni bienes ni futuro predecible, como no los he tenido hasta ahora. Mis venenosas lágrimas me arden en la cara. Mis dedos, helados, sangran. La verde tierra gris de mi exilio me condena a la pérdida y al silencio. Pero no estoy sola. Tengo a mi esposo conmigo. Y no somos los únicos españoles que estamos aquí. Hay muchos más, otras centurias de buenos españoles que se han cansado de ser vasallos y que os querrian ver muertos, enterrados y olvidados, señoritos de papel, verdaderos cobardes de esta historia. En minúscula, la que escriben los que no tienen pluma y tinta para escribir, solo sangre y hielo bajo las uñas.

Estas palabras aquí escritas servirán para sacarme la hiel una vez más -aunque nunca lo bastante-, para escribir una página más en mi propio libro y devolver ponzoña por orgullo.
Estas palabras no son para ti ni para mi, no son para ningun buen hombre, son para ellos, demonios de palabrería fácil y armas cargadas. Temednos, porque al quitarnoslo todo, ya no tendremos nada que perder. Estas palabras solo son sensiblería barata, soy consciente de ello, y aún así aquí las dejo. Sepan disculparme los hombres de bien y verme a través de ellas y adivinarme a mi y al porqué de mis lamentos.

lunes, 16 de septiembre de 2013

La mano roja



Aquella tierra que veis puede ser vuestra.
Es verde y brillante y oscura y envuelta en penumbras, lluvias y oscuridad la mayor parte de vuestro tiempo sobre ella. Es una gema pulida en su superficie, ruda y cortante a poco que mireis bajo su manto. Aquella tierra es, dicen, una de las más deseadas por los hombres de esta era, por los gigantes del Primer Tiempo, por los Dioses de las primeras sombras.
Aún más deseada y combatida y destrozada y masacrada y aniquilada que cualquiera en oriente u occidente qu podais pensar. El borde del mundo conocido por Julio Cesar, esa será vuestra tierra.
Será rey de aquella tierra arrancada al mar el primero de vosotros que llegue primero.

Y diciéndo esto Milesius, hijo de Breogán, uno de sus tres hijos se cercenó la mano derecha y la lanzó, por encima de la cabeza de sus hermanos y su padre hasta dar en tierra.

"Ulster, en el norte, es el reino del valor en la batalla, de la bravura y el orgullo. Los hombres del Ulster son los más feroces guerreros de Irlanda, y las reinas y diosas del Ulster son protectoras de la guerra y la muerte"


Seré reina en país de batallas, seré diosa en tierra de guerreros.
Reinaré, pues, de ahora en adelante y para siempre, en el país de la mano roja.