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jueves, 21 de enero de 2010

La abuela de Carlos

Carlos miraba ahora a su abuela muerta. Veía un rostro sereno y apaciguado, un aspecto hermoso y, claro, ligeramente enjuto. Su madre y sus tías se iban turnando de plañideras frente al féretro mientras las demás se ocupaban de recibir los pésames, consuelos y felicitaciones por la belleza que mostraba la finada.
Carlos no sabía exactamente el porqué de las felicitaciones pero lo cierto es que tampoco sabía cómo podían reconocer a la que fuera su abuela. La miraba como si fuera un puzzle de piezas perdidas. Desde que él la conocía, siempre le había dado miedo. Siempre llevaba la cabeza llena de rulos, la cara envuelta en potingues y las ropas sucias y remendadas. Y tampoco es que fuera la habitual abuelita dulce y generosa sino más bien lo contrario.
Su abuela había estado preparándose toda su vida para el momento de su muerte. A tal conclusión llegó Carlos desde la certera rotundidad de sus ocho años.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La leyenda de la tendera




Cuenta la leyenda que hace muchos años,
en un pequeño y lejano país,
una joven y humilde tendera
quedó encinta de su primer hijo.
Apenas si levantaba unos palmos la mujer,
toda arrugas de sonrisa,
toda calma en su semblante,
toda amabilidad y dulzura,
una de esas personitas discretas
que uno encuentra sin buscar
y luego no sabe bien donde ha visto.

Esta joven, recién casada ella,
atendía amable a sus clientas,
marujas atemporales,
de rulo y mantilla,
delantal y cartilla.

Y un día, uno cualquiera,
en su tienda entro otra joven,
primeriza y triste madre,
porteando en un capazo,
el vástago fruto de su vientre,
una niña albina, enfermita y llorona.

Y hete aquí que nuestra encinta,
quedó sin habla y sin aliento
ante lo blanco de la infante
y llevo, con su sorpresa,
sus dedos a la nuca,
curioso gesto,
curiosa la hora,
curioso lugar.

Y desde aquel mismo minuto,
a la piadosa y amable tendera
le cambio el carácter,
agridulce y picajosa,
retorcida y desconfiada.

¡Niña, que mala te has vuelto!
le decían sus marujas
que parte de culpa tenían
como en todas las épocas
pasadas y venideras.

Unas semanas después,
se entero con aflicción,
que aquella pálida criatura,
así tal cual vino,
al cielo volvió,
enfermita de no saber qué,
extraño y brillante ser efímero.

Casi treinta años van pasando,
desde que a nuestra joven encinta
aconteciera su asombro por la albina.

Y he aquí el destino aciago,
que hoy soy yo quien atiendo
a otras marujas, herederas de las otras,
agridulce y picajosa,
retorcida y desconfiada.
Y un mechón de pelo blanco
que se oculta sobre mi cuello
que nace de la forma de cinco deditos
que aquella joven encinta tuvo a bien
dejar posar sobre su nuca
y no sobre su frente.
Que si no, a día de hoy,
mas le hubiera valido a mi madre,
mala leche en lugar de sangre,
haberme llamado Pícara.